El estudio del cambio climático ahora da paso a las estrategias para defenderse de sus consecuencias

    764

    (El Mercurio, 3 de Agosto de 2013) El calentamiento global es un fenómeno del que muy pocos dudan. Por eso, en vez de seguir estudiándolo , los científicos están buscando formas de enfrentar los cambios que se avecinan, al menor costo posible.  

    Por Lorena Guzmán H.

    Hasta hace poco, la discusión se centraba principalmente en si el cambio climático era un fenómeno real o no, cuáles eran las proyecciones de alza de temperatura global o si el hombre era el responsable de estos trastornos. Lo cierto es que la temperatura global del planeta está subiendo y eso traerá problemas para todos. Por ello, desde hace algunos años los científicos se han dedicado a investigar cómo enfrentar las consecuencias de lo inevitable.

    En su última edición, la revista Science le dedicó un especial a esta nueva forma de atacar el problema, compilación que reconoce sus múltiples complejidades.

    «Enfrentar el cambio climático es el gran desafío que tiene hoy la humanidad», dice Laura Gallardo, directora del Centro de Ciencia del Clima y la Resiliencia, «porque nos pone frente a escenarios inciertos y con un nivel de complejidad sin parangón. Este momento es parecido al Renacimiento, porque tenemos que cambiar de manera de pensar».

    No es la primera vez

    Si bien el clima de la Tierra tiene períodos que van de una mayor temperatura a otros de glaciación, lo que hoy está viviendo el planeta sería único. «El cambio climático está ocurriendo diez veces más rápido que en ningún otro momento en los últimos 65 millones de años», dice uno de los trabajos que publica el especial de Science.

    «En los últimos 300 mil o 400 mil años, no tenemos nada parecido al presente, por lo que es difícil encontrar un análogo», dice Franciso Meza, director del Centro de Cambio Global UC. «Hay registros de concentraciones de CO {-2} iguales o mayores a las que tenemos ahora, lo mismo pasa con las variaciones de temperatura, pero no tenemos idea si esos aumentos ocurrieron en forma paulatina, en un siglo o en miles de años. No tenemos la tecnología para saberlo».

    Por eso la tendencia hoy -incluso más que saber si el cambio es producido por el hombre o es parte de los ciclos terrestres- entre los científicos es cambiar la forma de buscar respuestas.

    «Sabemos que en el pasado los ecosistemas pudieron responder positivamente al aumento de unos pocos grados de temperatura en el transcurso de varios miles de años», dice Noah Diffenbaugh, de la Universidad de Stanford, en Estados Unidos. «Pero la trayectoria sin precedentes en la que estamos ahora está forzando a que el cambio ocurra solo en décadas. Esto es, órdenes de magnitudes más rápidas, y ya estamos viendo que algunas especies están amenazadas por esta velocidad de cambio».

    Por eso las acciones hay que planearlas desde ahora -en tiempos mucho más cortos, de cinco o diez años- y no solo pensando en un horizonte de 50 o 100 años, opina Laura Gallardo. «Hay que pensar en soluciones globales, pero desde una perspectiva local», dice. Por ejemplo, controlar el carbono negro es una de las formas de contener los gases de efecto invernadero, pero de paso significa eficiencia y ahorro de energía para las industrias. Esto beneficia directa e inmediatamente a las ciudades: menos contaminación y menos consumo de recursos. Así, la solución es local, pero con consecuencias globales.

    La misma lógica se aplicaría a la protección de las especies. Por mucho tiempo se ha planteado que el cambio climático llevará a la extinción de muchas de ellas, pero los registros del pasado no dicen necesariamente eso. Una de las ideas más consensuadas sobre la forma de defender a las especies frente al aumento de temperatura es la migración geográfica hacia áreas que se asemejen más al clima al que están adaptadas.

    En ese proceso, dice Jessica Blois, de la Universidad de California Merced (EE.UU.), en una entrevista en Science, las especies interactúan de una forma distinta a las condiciones «normales». «Aún no tenemos los datos suficientes para saber cómo se producen esos complejos cambios -entre depredadores, colaboradores o competidores-, pero sí sabemos que muchos de los corredores naturales que pudieron haber sido utilizados para migrar hoy están bloqueados por la presencia humana».

    La solución entonces es estudiar esos posibles patrones de migración y ayudar a las especies a llegar a los lugares de migración. Evidentemente esto no evitará totalmente la extinción, pero sí ayudará mucho.

    Otro tanto sucede en los océanos. Richard Norris, del Instituto Oceanográfico Scripps (en La Joya, California), cuenta a Science que han encontrado registros donde en épocas de alza de temperatura, los polos perdieron sus capas de hielo. «En el pasado, además, hubo momentos con mayor concentración de gases invernadero, pero ello habría ocurrido a lo largo de miles o millones de años, por lo que el ecosistema se habría adaptado a ello», dice.

    Entonces, ¿qué podría pasar con la pérdida de la capa de hielo del Ártico? Muchas especies perderán espacios, pero habría una adaptación en la cadena trófica, la cual se haría mucho más larga. «Habría desde micro plancton, no más grande que una célula, hasta especies mayores», cuenta. Nuevamente se producirán pérdidas, pero éstas no serían totales.

    Alimentación

    Otra de las cosas sobre las cuales urge tomar medidas inmediatas tiene que ver con la producción de alimentos. Por eso Tim Wheeler y Joachim Braun, de las universidades de Reading (Gran Bretaña) y Bonn (Alemania), respectivamente, proponen el «sistema de alimentos clima-inteligente».

    Ellos aseguran que el cambio climático puede transformar la capacidad de producir ciertos alimentos, tanto a nivel regional como internacional, por ello la búsqueda de soluciones tiene que concentrarse en ambas escalas. «Mucha de la adaptación de las prácticas en la agricultura serán asumidas a nivel local o en granjas». Esto, porque simplemente a algunos les servirá mejorar ciertos cultivos para que resistan sequías, mientras que otros deberán lidiar con mayores lluvias.

    Ahora bien, volverse práctico y encontrar soluciones no es algo fácil ni de transmitir ni de ejecutar cuando hay cifras que dicen que, eventualmente, éstas no son necesarias. Esto pensando en los últimos datos que aseguran que, de momento, la temperatura dejó de subir.

    El clima es variable en sí, dice Francisco Meza. «Si se miran los últimos 100 años, se puede ver que es normal que el aumento de temperatura se detenga en algunos momentos. Lo que aún no tenemos muy claro es por qué se frenó ahora si el ritmo de las emisiones no ha cambiado. Posiblemente, esta pausa podría ser parte de la variabilidad», dice. Y eso es lo que hay que transmitir a quienes toman las decisiones, como a la población en general.

    Laura Gallardo agrega que no es serio decir que la ciencia entiende completamente el sistema y sus complejidades. «Lo que sí podemos decir es que con los mejores modelos, registros y observaciones que tenemos, la evidencia sugiere que es muy probable que tengamos cambios muy fuertes, y debemos estar preparados para ellos», dice.

    «Nosotros somos altamente exitosos para adaptarnos a los cambios», asegura Francisco Meza. «Pero el problema es que estamos hablando a una escala de tiempo humana, y las especies no necesariamente se pueden ajustar a eso». «Tengo la impresión de que estamos avanzando, pero no a la velocidad a la que debiéramos», termina.

    Si bien aún no hay un canal de comunicación claro entre quienes toman las decisiones y los científicos en relación con el cambio climático, todos vamos a tener que transformar la manera de pensar y de actuar para combatirlo, dice Laura Gallardo, directora del Centro de Ciencia del Clima y la Resiliencia.

    Las enfermedades podrían robustecerse

    Uno de los aspectos del cambio climático que aún necesita muchas respuestas es qué pasará con las enfermedades. Si bien ya se sabe que, por ejemplo, las diarreas aumentan significativamente con un aumento considerable de las lluvias, aún no está claro qué pasa con otras afecciones.

    Sonia Altizer, de la Universidad de Georgia en Atenas, asegura que la respuesta de muchas enfermedades que cambian por el clima depende también de la salud de las naciones, la infraestructura de salud y la habilidad para tomar medidas de mitigación.

    Y aquí es clave la investigación.

    No hay claridad de qué parásitos, como gusanos por ejemplo, se verán beneficiados por el calor y las lluvias extremas. Como tampoco si alguno de ellos podría tender a desaparecer por estas nuevas condiciones.

    La misma incertidumbre existe frente a enfermedades transmitidas por mosquitos, como la malaria o el dengue, donde es el vector -el insecto- el que puede verse potenciado o destruido por el clima. Entender esto, dice, es la única forma de preparar a la salud pública -con nuevos o más medicamentos y vacunas- para no quedar desprotegidos.