Académicos advierten riesgo de un invierno con más contaminación pese a medidas restrictivas por COVID-19 (Noticias U. de Chile)

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Observaciones satelitales de la Agencia Espacial Europea y de la Nasa muestran que la disminución de la actividad humana producto del COVID-19 ha incidido en una baja de las emisiones de gases contaminantes en China y Europa de entre un 25 a un 40 por ciento. Académicos de la U. de Chile plantean que una situación distinta podría vivir nuestro país durante el invierno. El escenario sería especialmente complejo en la zona centro-sur, donde el incremento de emisiones configuraría una verdadera «tormenta perfecta» sobre la salud de la población.

Por Cristian Fuentes

China, el país que más contaminantes libera a la atmósfera, redujo significativamente sus emisiones en los últimos meses debido a las medidas adoptadas ante la emergencia sanitaria originada por el SARS-CoV-2. Así lo evidencia la observación desde el espacio realizada por la Administración Nacional de la Aeronáutica y del Espacio de Estados Unidos (Nasa) y la Agencia Espacial Europea -esta última a través de la red de monitoreo Copernicus-, entidades que verificaron el mismo fenómeno en Europa tras comparar imágenes de estos territorios antes y durante la pandemia.

Las cuarentenas, restricciones al movimiento de personas y paralizaciones productivas han significado una caída sorprendente en los niveles de dióxido de nitrógeno (NO2) -uno de los principales contaminantes producidos por la combustión en las ciudades- de entre un 25 a un 40 por ciento. Esto ha revelado de manera gráfica el impacto de la actividad humana en la atmósfera. Pero este paradójico efecto colateral de la crisis sanitaria es apenas un respiro para el planeta, afirman los académicos de la Universidad de Chile e investigadores del Centro de Ciencia del Clima y la Resiliencia (CR)2, Nicolás Huneeus y Anahí Urquiza, quienes advierten además la posibilidad de que la próxima reactivación económica sea a costa del medio ambiente.

Fenómeno temporal

Ambos académicos recalcan que este fenómeno es de carácter temporal, circunscrito a la crisis que atravesamos, y que no tendría mayor incidencia en la mitigación del calentamiento global. “Este es un evento que va a tener un efecto pasajero en términos de contaminación y moderado en relación al cambio climático, principalmente por la permanencia de los gases de efecto invernadero en la atmósfera”, comenta Nicolás Huneeus, académico del Departamento de Geofísica de la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas de la Universidad de Chile.

En este sentido, marca una diferencia entre la dinámica de los gases de efecto invernadero directo, como el dióxido de carbono (CO2), y los “contaminantes criterio”, como el dióxido de nitrógeno (NO2), que son los que se han mostrado a través de la observación satelital. “Los gases de efecto invernadero perduran mucho tiempo en la atmósfera, estamos hablando desde décadas hasta cientos de años. Mientras que los gases criterio, los contaminantes que afectan la calidad del aire, duran relativamente poco, del orden de un par de días hasta algunas semanas. Por lo tanto, la reducción que ocurra en este período de pandemia va a tener un impacto muy menor a futuro, porque las emisiones de ahora se superponen con las anteriores y las venideras”, afirma.

Estas imágenes reflejan “cómo cuando limitamos nuestra actividad, inmediatamente existe algún nivel de recuperación. Pero no hay que engañarse, porque la recuperación es muy acotada a los espacios donde se deja de generar contaminación directa, y en ningún caso es algo que permita una reducción de las emisiones en el largo plazo”, comenta la profesora Anahí Urquiza.

Una bomba de tiempo

El fenómeno de la disminución de contaminantes visto en Asia y Europa sería algo distinto en Chile, tanto por la matriz de emisiones a nivel local como por el invierno que se avecina. Nicolás Huneeus indica, en primer lugar, que nuestra realidad difiere de la europea, que cuenta con sistemas de calefacción menos contaminantes en términos de material particulado, o de lo que ocurre en China, donde parte importante de las emisiones están asociadas a la industria.

Plantea que el hecho de que las personas estén en sus casas, disminuya el transporte y haya menor actividad humana en general hace que bajen las emisiones. Sin embargo, “una de las mayores fuentes de contaminación en ciudades de la zona centro-sur es la calefacción, particularmente aquella generada a partir de la leña. Por lo tanto, si esto se alarga durante el invierno es probable que tengamos el efecto contrario, que el COVID-19 en vez de reducir la contaminación la aumente, porque la gente se quedará más en sus casas y las calefaccionarán para tener una temperatura de confort. Puede que haya más emisiones y contaminación incluso en horarios en que normalmente se mantienen más bajas”, advierte.

Esta situación representaría una verdadera bomba de tiempo para la salud de la población, advierte la profesora Urquiza. “Ya hay estudios en Italia que indican que la contaminación por material particulado favorecería la transmisión del virus. El contagio en las ciudades del sur va a ser muy significativo. En general, los centros de salud en invierno están colapsados por las enfermedades respiratorias y por la misma leña, que es la forma más barata de calefaccionarse. Esto pondrá una presión muy grande sobre el sistema de salud, y hoy deberíamos estar conversando en mesas transversales de trabajo para implementar medidas urgentes”.

Economía por sobre el medioambiente

El mayor temor de ambos académicos es que las medidas pro crecimiento que se impulsen tras la crisis para reactivar la economía sean a costa del medio ambiente. “En general, cuando hay crisis económicas o algún tipo de crisis que hace reducir las emisiones, lo que viene después es un repunte que las hace crecer con la misma intensidad o más que en el período anterior”, señala el profesor Huneeus.

Este respiro para el planeta, sostiene, puede ser un arma de doble filo, “porque su impacto sobre la calidad del aire es muy limitado en el tiempo. Cuando las cosas vuelvan a la normalidad, es probable que el escenario sea incluso peor que antes, porque las industrias y el transporte emitirán más. De hecho, las productoras de energía en Estados Unidos ya están pidiendo permiso para relajar las restricciones”. Por esto, concluye, el desafío es el desarrollo de políticas de largo plazo que permitan una reestructuración de la matriz de emisiones.

Esta pausa, alerta la profesora Urquiza, puede ser una trampa, porque “la gran preocupación va a ser cómo reactivamos la economía, y la forma más fácil de hacerlo es mediante el consumo e incentivando las energías sucias. Esa es la fórmula más fácil y rápida”. Así lo planteó también Maisa Rojas, académica de la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas de la U. de Chile y directora del Centro de Ciencia del Clima y la Resiliencia (CR)2, quien este lunes advirtió de un posible “efecto rebote” tras la salida de la crisis e interpeló al ministro de Hacienda, Ignacio Briones, para que políticas y medidas estén alineadas con la Estrategia Financiera de Cambio Climático de dicha cartera.

Por esta razón, la pandemia y sus efectos medioambientales, afirma la profesora Urquiza, “representan una oportunidad para una transformación profunda hacia un modelo sostenible, que no implique la sobreexplotación de los recursos e integre la mirada de todos los actores sociales y de las distintas disciplinas. Hoy tenemos que empezar a conversar cómo vamos a hacer esto al mismo tiempo que estamos enfrentando la tremenda crisis sanitaria. Si no lo hacemos, vamos a usar las viejas recetas para activar la economía en los próximos meses y eso va a ser fatal en el mediano y largo plazo”.

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