“El Cañón de los Perdidos o nuestro añejo modo productivo” por Ricardo De Pol-Holz

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Columna de opinión de Ricardo De Pol-Holz, investigador asociado de la línea de Biogeoquímica (CR)2. Publicada en El Mostrador.

El Cañón de los Perdidos queda en el área de conservación afectada por el megaproyecto minero Dominga. Como científico nunca olvidaré aquella mañana en que me sumergí en ese lugar y la sensación de experimentar en carne propia lo que sabía de forma teórica, esto es, que nuestro mar chileno es un vergel como pocos en el mundo. Desde hace largo tiempo, en Chile venimos tratando mal a nuestro mar. Las imágenes de horror son pan de cada día, lamentablemente se asocian a actividades industriales que conforman la matriz productiva de este país. No pongo en duda que esta matriz ha traído mucha prosperidad a Chile, pero también reconozco que ha cobrado un gran precio, de suyo es la fuerte presión ecológica que tiene hoy amenazada prácticamente a toda la costa del país. Creo, humildemente, que es el momento de probar otras recetas.

Imágenes para maravillarnos

Una mañana soleada de febrero partíamos en bote desde la caleta Chañaral de Aceituno en Atacama rumbo a la Reserva Marina Isla Chañaral, una de las que conforman el Parque Nacional Pingüino de Humboldt. Media hora de travesía ondulante con el viento salado despertando todas y cada una de las células de mi cuerpo. El destino era uno de los sitios de buceo rutinarios que César Villarroel –buzo profesional y paladín de la documentación de la biodiversidad marina de Chile– había elegido para visitar aquella mañana.

Parecía ser uno de esos días no muy afortunados para los amantes del buceo: al entrar al agua no veíamos más allá de unos pocos centímetros, literalmente estábamos en una sopa verde sin más puntos de referencia que las coordenadas de un computador submarino. Creí que estábamos completamente perdidos, pero la experiencia de César y sus ganas de ver más allá de lo evidente nos guiaron hacia uno de los lugares más extraordinarios que yo haya visto.

Seguimos una trinchera rocosa de poca profundidad, al poco tiempo se reveló en nuestras caras un desfiladero submarino de decenas de metros de profundidad. Sus paredes eran un mosaico de vida y de colores que yo jamás había visto. Cada milímetro era un espacio de vivienda de actínidos, crustáceos, moluscos, esponjas y cuanto organismo marino haya yo conocido en vivo o en mis clases de zoología cuando estudiaba Biología Marina.

Mirando desde 20 metros de profundidad hacia arriba, cientos de Castañetas nadaban formando figuras caprichosas, pejeperros se paseaban por los recovecos de la roca y la sensación general que sentí fue de un goce estético como pocas veces se nos presentan en la vida.

El “Cañón de los Perdidos”, como lo bautizara César, es y será uno de mis lugares favoritos del planeta y siento constantemente ganas de volver allí, como nos pasa con esos lugares que nos han traído felicidad. Como oceanógrafo, sin embargo, quiero detenerme un momento en el color de la sopa que hizo que nos perdiéramos y que solo la serendipia y el “olfato” de maestro submarino de César pudo transformar en experiencia trascendente.

Aquella mañana el color de la sopa marina era el resultado de una explosión de vida microscópica semejante –funcionalmente– a las plantas, donde el verde se debe a la presencia de una de las moléculas milagrosas de este planeta: la clorofila. Todo lo que habita en el mar depende de una pequeña corriente eléctrica que se genera al interior de esas microalgas y que tiene su origen en la excitación electrónica de la clorofila con los rayos del sol.

¡Cómo no maravillarnos! Ahí nos encontrábamos sumergidos en un ambiente foráneo a la especie humana, éramos seres de otro planeta observando el milagro de un mar verde, bullente de vida y exuberancia como aquellas paredes de mosaico –hoy tan amenazadas– de los templos de Medio Oriente. Nunca olvidaré aquella mañana y la sensación de experimentar en carne propia lo que sabía de forma teórica, esto es, que nuestro mar chileno es un vergel como pocos en el mundo.

La sopa verde tiene un origen. Como todas las plantas, estas microalgas necesitan de nutrientes para prosperar. Al igual que en una plantación de choclos, se necesita “fertilizante” para que lo mineral pase a orgánico, para que las sales y otros compuestos se transformen en proteínas y ácidos nucléicos.

El océano frente a Chile tiene un método de fertilización natural que solo ocurre en pocas zonas marinas del mundo. El viento que viene del sur y otras características de nuestra geografía dan origen a un fenómeno conocido como surgencia o afloramiento. Es otro de esos caprichos naturales.

El hecho de que la Tierra gire de Este a Oeste promueve que en nuestro hemisferio el viento sur “empuje” las aguas de la superficie hacia mar adentro, provocando un “vacío”. Para llenar ese “vacío” es necesario que las aguas frías de las profundidades afloren o surjan a la superficie. Grandes masas de aguas se mueven hacia arriba trayendo nutrientes originados en la descomposición de todo lo que alguna vez tuvo vida en superficie. La surgencia costera fertiliza el mar de Chile e impresiona por su magnitud, es un espectáculo verla desde el espacio mediante satélites: los focos de agua fría afloran desde las profundidades asociadas a plumas gigantescas de agua verde que esparce alimento y vida por la superficie del océano.

Colegas chilenos han medido tasas de productividad primaria marinas de casi 20 gramos de Carbono por metro cuadrado al día. ¿Qué significa eso? Que por cada metro cuadrado de mar frente a Chile central, Talcahuano por ejemplo, pueden aparecer 40 o más nuevos gramos de vida diariamente. Imagínese, cada día de primavera y verano somos testigos de la aparición de más de 400 kilos de vida vegetal por hectárea de mar. Multiplique ahora eso por todas las hectáreas que tiene la zona de surgencia frente a Chile central y qué obtiene: muchos peces.

Imágenes para horrorizarnos

Es de tal magnitud el vergel marino que sustenta la surgencia frente a Chile, que a mediados de los noventa rompimos todos los récords mundiales de pesca de alta mar. Se lo voy a poner en perspectiva para que se horrorice conmigo.

Durante la temporada 1994-1995, solo en los puertos de la Octava Región se desembarcaron más de 4 millones de toneladas de peces, el equivalente al 4% de toda la pesca mundial. Esto es: 4 mil millones (4.000.000.000) de kilos de jureles, sardinas y anchovetas extraídos en un solo año. Pongámoslo de otro modo: si Chile ese año tenía una población del orden de 14 millones de habitantes, por cada chileno hubo un total anual, por lo bajo, de 285 kilos de pescado de alto valor nutritivo por cada habitante de su tierra. Restémosle el peso que no se utiliza para comer, como las cabezas, las aletas, etc., y el resultado es que se desembarcó durante un año diariamente más de medio kilo de pescado por cada chileno.

Ese año, recuerdo haber comido mucho jurel en lata, estaba botado de barato. El desastre, sin embargo, es que, en su gran mayoría, el destino de esos miles de millones de kilos de proteína de alta calidad se transformó en harina de pescado para el consumo animal: pollos, chanchos, salmones, etc. Horroricémonos todavía más. 1995 fue el año en que entré a estudiar Biología Marina en Concepción, en ese entonces no se podía ir a Talcahuano, San Vicente o Coronel sin sufrir arcadas por el olor que emanaban de las industrias. “Huele a Talcahuano”, decían mis amigos penquistas cuando el viento del norte, portador de tormentas, traía también el olor sulfuroso de pescado podrido hacia el bello Campus Universitario.

La sangre de esos miles de millones de peces corría por los desagües, las plumas rojas de muerte eran observables desde el espacio por los mismos satélites que nos mostraban las plumas verdes que fertilizan la vida marina de nuestro mar. Talcahuano a mediados de los noventa ostentaba el horrible pergamino de ser uno de los lugares más contaminados del planeta. El Apocalipsis se instalaba en nuestro territorio precisamente en el centro geográfico del país.

Imágenes para meditar

Me gustaría llevarlo a otro sitio, proponerle un viaje en el tiempo, unos 10.000 años atrás, hacia la desembocadura del Río Nilo en la costa del Mediterráneo. Usemos una muestra de sedimento marino para comprender qué ocurría entonces, esta nos permite ver la existencia de un conglomerado negro, maloliente, parecido al alquitrán y muy rico en carbono orgánico. Esas capas se conocen como “Sapropeles”, tienen su origen en condiciones climáticas muy lluviosas, las que causaban crecimientos enormes del río más largo del planeta.

Estas crecidas gigantescas arrastraban miles de millones de toneladas de fertilizante desde el interior de África hacia la costa. La capa de alquitrán en los sedimentos es el testimonio de una gran cantidad de vida ocurriendo en un breve instante en un área sumamente restringida, como lo es el mar Mediterráneo. Hace miles de años, durante un breve período, la vida marina en las costas mediterráneas explosionó gracias al Nilo, de la misma manera que hoy ocurre todas las primaveras frente a las costas de Chile.

Los paleoceanógrafos nos dedicamos a estudiar los sedimentos del pasado. Medito imaginándome a mis colegas del futuro lejano, sacando tubos de sedimento en la Bahía de Concepción, encontrándose con ese mismo alquitrán o Sapropel que dejará el boom de las pesquerías de los años 90. En ese caso, el Sapropel chileno será uno más de los muchos indicios geológicos que habrá dejado nuestro paso por la Tierra.

De la misma manera, medito al estudiar con mis colegas Claudio Latorre, de la Pontificia Universidad Católica, y Calógero Santoro, de la Universidad de Tarapacá, acerca de los depósitos de desechos de alimentos marinos que dejaron en el pasado las culturas pescadoras del norte de Chile: los Chinchorro. Analizando qué comían, me maravillo de la abundancia y diversidad de alimentos marinos que tenían a su disposición. ¡Qué ganas de haber visto esas costas en esa época! Seguramente un mundo de exuberancia y riqueza biológica comparable a lo que vi aquella mañana en la Reserva de la Isla Chañaral, en el Cañón de los Perdidos. Un tiempo donde la riqueza, abundancia y diversidad de la vida marina eran la norma y no la excepción –como debemos lamentar hoy en día–. Lugares así de ricos y diversos en nuestras costas se cuentan con los dedos de una mano.

Soy científico, reflexiono acerca de lo importante que es preservar nuestros océanos, pero al mismo tiempo me da impotencia solo poner en números, factores cuantificables, la riqueza de la vida en el mar y en tierra para hacer comprender su importancia. Cuando lo que me nace es el gozo del maravillarme, de la experiencia estética, de la paz que experimento al ser parte y testigo del planeta viviente que habitamos, a veces obedezco a mi espíritu humano más que a las ciencias naturales o las técnicas económicas. Sin embargo, es necesario decir con justeza científica que nuestro mar es un Relicto genético, un Refugio de biodiversidad amenazada, un Santuario de vida como no hay en otros mares y, lo más importante, es un Semillero que nos da esperanza de un mundo futuro.

Imágenes para movilizarnos

El tema es sensible, lo sé muy bien. El Cañón de los Perdidos queda en el área de conservación afectada por el megaproyecto minero Dominga. Bien sé de toda la emocionalidad que surge al hablar del tema. Para uno y el otro lado. Como científico, me debo al mandato que me hizo la sociedad para hacer un esfuerzo y mirar la realidad desde una perspectiva distinta que la del resto de mis compatriotas. Es en ese rol que creo necesario advertir que el valor asociado a conservar el mar de Chile debe medirse en unidades que todavía no existen.

Como científico y como un ser sensible al valor intrínseco de la belleza, creo que el esfuerzo en conservar el mar de Chile debe medirse en unidades que tomen en cuenta algunas de las imágenes que describí anteriormente, tanto las que nos maravillan como las que nos horrorizan.

Desde hace largo tiempo, en Chile venimos tratando mal a nuestro mar. Las imágenes de horror son pan de cada día, lamentablemente se asocian a actividades industriales que conforman la matriz productiva de este país. No pongo en duda que esta matriz ha traído mucha prosperidad al país, pero también reconozco que ha cobrado un gran precio, de suyo es la fuerte presión ecológica que tiene hoy amenazada prácticamente a toda la costa del país. Creo, humildemente, que es el momento de probar otras recetas. ¿Por qué no apostar en zonas de conservación, áreas bien protegidas que nos aseguren estratégicamente el futuro alimentario? (¡si apostamos en tantas otras cosas más arriesgadas!). No necesitamos hacer nada extra, ni fertilizar con fierro, ni resembrar, etc., solo velar para que la naturaleza recupere su potencial de vida perdido.

La gracia del océano es que es un medio fluido que facilita la dispersión de la vida como el polen que se arremolina con el viento. La experiencia del área marina protegida de la Universidad Católica en Las Cruces y de sus insignes científicos que la han mantenido por más de 35 años, es un ejemplo palpable, real y concreto de que esto es posible.

Imágenes para esperanzarnos

Escribo esto camino a La Serena. Soy parte del comité asesor científico del 4to Congreso Internacional de Áreas Marinas Protegidas (IMPAC4). Hito rotundo para Chile, gestionado por el Ministerio del Medio Ambiente. Celebraré los anuncios de nuevas áreas de conservación en Rapa Nui, gestionados en consulta popular por mi colega del señalado ministerio, Felipe Paredes, y aplaudiré otras más cercanas de donde vivo, en la Patagonia el Parque Marino Cabo de Hornos, gestionado, entre otros, por mi colega Ricardo Rozzi, de la Universidad de Magallanes.

Voy a un congreso de alto vuelo, donde se piensa y dialoga sobre la conservación marina como un tema que sume consensos, pues el estado de nuestro mar es crítico, siendo tarea urgente, prioritaria y estratégica.

Chile es parte de acuerdos globales que establecen la necesidad de que el 10% del océano esté bajo algún marco de protección para el año 2020. Es una tarea titánica pero imprescindible si queremos preservar la vida marina en nuestros océanos.

Camino a La Serena, veo que el Norte Chico está, en palabras de García Lorca, “verde que te quiero verde”. Como la sopa oceánica de aquella mañana. Verde y vivo. Florece el desierto en Chile, después de un lustro de sequía. ¿Cómo no van a venir tiempos mejores?

Para aquellos que no han tenido el privilegio de conocer los paraísos sumergidos de nuestras costas, las imágenes de César Villarroel serán de las pocas ventanas hacia lo indescriptible. Ud. también puede verlas en internet: https://vimeo.com/explorasub.

*Investigador Asociado Centro de Investigación Antártica, Centro de Ciencias del Clima y la Resiliencia y del Instituto Milenio de Oceanografía. Universidad de Magallanes. Punta Arenas, Chile.

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