“El cortocircuito de los incendios chilenos” por Sofía Vargas

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    Columna de Sofía Vargas, investigadora del Centro de Excelencia en Geotermia Los Andes (CEGA), de la Universidad de Chile. Publicada en El Mostrador.

    Un año antes del 27/F el mundo científico sabía y alertaba de la amenaza sísmica en la zona de Concepción y Constitución. Desde el 2012 expertos advertían también sobre la alta probabilidad de incendios de gran envergadura en los cerros de Valparaíso. Lo mismo ocurre con los incendios forestales que afectan hoy el territorio nacional, lo que confirma, por una parte, la brecha existente entre el mundo científico, las políticas públicas y la sociedad, y por otra, que Chile no es un país de desastres sino que responde desastrosamente ante estos eventos al no utilizar de forma efectiva los avances en ciencia y tecnología.

    En 2015 el Centro de Resiliencia y Clima, (CR)2 de la Universidad de Chile en el informe “La Megasequía 2010-2015: una lección para el futuro” señaló que dentro de los impactos del cambio climático en Chile, el aumento de incendios forestales sería de los más severos debido a condiciones como baja de humedad, altas temperaturas y efectos propios de la sequía. De acuerdo con este estudio entre los años analizados el número de incendios sobre 200 hectáreas entre las regiones de Valparaíso hasta La Araucanía se incrementó en un 27% respecto al promedio histórico con un aumento de la superficie quemada de un 69%. Este informe señala justamente a las regiones Metropolitana y el Maule dentro de aquellas que se han visto más afectadas. Si bien, de acuerdo a cifras de CONAF, en Chile cerca del 99% de los incendios son causados por el ser humano, son las condiciones climáticas las que benefician la propagación y dificultan el manejo de este tipo de desastres.

    Con el escenario expuesto por los especialistas en 2015 que indicaban el aumento de los incendios en el país como una amenaza que debiera empeorar en las próximas décadas, cabe preguntarse: ¿Qué medidas se han concretado para enfrentar estos eventos? o ¿Cuánto saben las autoridades locales de los avances científicos en modelamiento y descripción de escenarios de riesgos?

    La desconexión del conocimiento científico no es solo con las autoridades, también con la sociedad civil. Con lo que ocurre hoy en Chile, y si sumamos el incendio de 2014 en Valparaíso, observamos una baja consciencia del riesgo entre quienes se ven enfrentados a estas catástrofes. En este sentido, existe literatura robusta que indica que las personas en riesgo conceptualizan y viven los riesgos de una forma diferentes a los expertos y tomadores de decisiones. En ente escenario entre las preguntas que surgen son si aquellos que se han visto afectados por los incendios de los últimos días los percibían como una amenaza u otra vez, ¿cuánto sabemos de los avances científicos en estas materias?

    Teniendo este escenario como telón de fondo, el rol de la comunicación de riesgos resulta clave para enfrentar de mejor manera futuros desastres. Una comunicación activa entre los actores involucrados que permita contar con planes efectivos transferencia tecnológica. El desarrollo científico y su efectiva y activa comunicación de resultados será clave para avanzar y enfrentar no sólo los efectos del cambio climático en el país, sino diversas amenazas socionaturales que enfrenta Chile. Al fin de cuentas la inversión en ciencia es recurso en prevención.

    Algo de esto se ha avanzado con la tramitación de la creación del Ministerio de Ciencia y Tecnología y con la iniciativa del Gobierno a través de la Oficina Nacional de Emergencias, ONEMI, de promoción del “Observatorio de Riesgos Socionaturales”, plataforma interdisciplinaria que promoverá la colaboración académica y tecnológica en un contexto de reducción de desastres. Esperemos que estas iniciativas ayuden a que la brecha entre los avances científicos y el mundo político y la sociedad civil disminuya, y así poder ver, al menos en materia de desastres, que los avances científicos tienen un impacto directo en la sociedad, medio ambiente y en la calidad de vidas de todos y todas.