«El tiempo de la memoria» por Martín Jacques

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Columna de opinión de Martín Jackes, investigador del (CR)2 y académico del Departamento de Geofísica de la Universidad de Concepción. Publicada en El Sur.

Vivimos una época en que se vuelve a apelar a la memoria. Prevalece la premisa de que sólo considerándola se puede construir futuro, pues ella es crucial para analizar los procesos sociales que han ido forjando a la Humanidad. Por lo tanto, evocando la memoria podemos juzgar entre aciertos y errores históricos e, incluso, intentar prever consecuencias de la repetición de nuestros actos. De esta manera, la necesidad de poder resguardar correctamente la memoria -que es frágil y maleable-, parece evidente. Éste es, no obstante, un debate social conocido y recurrente, un desafío colectivo difícil de abordar.

A la memoria también es necesario apelar en asuntos que trascienden la dimensión humana. Tanto la contemplación de la naturaleza como el intento histórico de comprender sus fenómenos radican, asimismo, fundamentalmente en ella. En efecto, aún antes de que pudiéramos acceder a observaciones instrumentales y sus registros -una práctica que se instauró hace sólo un par de siglos-, era la memoria la encargada de custodiar la sabiduría rudimentaria que la razón humana iba procesando y acumulando. Así, los movimientos de la atmósfera, que desencadenan manifestaciones tan variadas como las interminables lluvias del Sur y los inalcanzables arcoiris, se iban grabando progresivamente en nuestra mente.

Y así transcurrió el tiempo. Un término que, producto de un capricho inusual de la lengua castellana -tan rica y detallada en otros dominios de la realidad-, no distingue entre dos significados fundamentales. Encontramos, a saber, la acepción más común -la cronológica- y otra también cotidiana, pero menos inmediata -la meteorológica-. Esta última es Wetter en alemán, weather en inglés y météo en francés. Transcurrió el tiempo, decía, y al reiterarlo reparo en que quizás la ambigüedad del concepto no sea casual y aluda, justamente, al hecho de que la atmósfera no es sino cómplice y ejecutora de la voluntad de las manecillas del reloj.

De esta conjunción de dimensiones nació la climatología: el clima corresponde a las características meteorológicas agregadas temporalmente. Por tanto, los climatólogos somos, también, escudriñadores del tiempo; nuestra labor transcurre entre las dos acepciones del término. Por una parte, la experiencia humana -y con ella, la memoria, individual y colectiva- constituye una referencia fundamental para establecer la manera en que las personas registramos las expresiones naturales. Por otra parte, el método científico establecido nos indica que dicha realidad se estudia mediante observaciones recopiladas de manera protocolar y rigurosa, a partir de las cuales podemos elaborar análisis y extraer conclusiones. Así, los climatólogos estamos constantemente confrontados a juzgar, mediante registros, ciertas aseveraciones establecidas a partir de la experiencia. Somos, en ese sentido, guardianes de una buena memoria.

En un contexto de clima cambiante, parcialmente por nuestra acción sobre la Tierra, resulta particularmente esencial realizar este ejercicio constante de contrastación: ¿cuál ha sido el devenir climático, especialmente a lo largo de nuestra breve existencia humana? Una respuesta sólo será contundente para nuestra conciencia si tiene asidero en la memoria humana y los registros naturales. Por de pronto, les puedo confirmar que: sí, las copiosas lluvias de Concepción han empezado a quedar en el pasado. Y esto no es sólo un vago recuerdo.