Expertas U. de Chile visibilizan las dimensiones de la pobreza energética durante la pandemia (Noticias U. de Chile)

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En el marco de la crisis sanitaria que azota a Chile y el mundo, miembros de la Red Transdisciplinaria de Pobreza energética (RedPE) de la Casa de Bello profundizan los múltiples alcances de este desafío global, destacando los problemas de salud por la contaminación domiciliaria, el endeudamiento por no pago, los roles de género, y la desigualdad en el acceso a fuentes de energía.

En Chile, el 66 % de los hogares tiene problemas de eficiencia energética y múltiples familias no puede asegurar las necesidades básicas que brinda la electricidad, como tener agua caliente sanitaria o refrigerar alimentos. La pobreza energética se define cuando un hogar no tiene acceso equitativo a este tipo de servicios cotidianos y más de 50 mil personas viven en esta realidad, la cual se ve agudizada por la pandemia del COVID-19.

Los climas extremos que tiene Chile provocan que la pobreza energética tenga un carácter territorial. En el norte hay brechas en el acceso a agua caliente y en el sur el uso de leña húmeda produce contaminación, además de otros problemas asociados. A pesar de esto, desde la Red Transdisciplinaria de Pobreza Energética (RedPE), iniciativa impulsada por la Vicerrectoría de Investigación y Desarrollo (VID) de la Universidad de Chile, los expertos coinciden en que estas problemáticas son constantemente invisibilizadas.

La coordinadora de la RedPE y académica de la Facultad de Ciencias Sociales (FACSO), Anahí Urquiza, explica que es difícil abordar un problema que no se ve. “Recién el año pasado logramos hacer un diagnóstico con los datos existentes, y aún es muy deficitario. El acceso a la energía de calidad es una condición para el desarrollo económico y la calidad de vida. Con la pandemia suben los gastos energéticos por confinamiento, se presentan problemas de confort térmico y la contaminación intradomiciliaria agrava esta enfermedad. La ausencia de servicios deja en desventaja a les estudiantes, trabajadores y recarga el trabajo doméstico, lo que suele recaer en las mujeres”, señaló.

En la misma línea, la directora de Investigación de la VID, Silvia Núñez, destacó el compromiso de la Universidad de Chile y de la RedPE. “El trabajo que están realizando tiene una vital importancia y más aún en las condiciones actuales. Existe una gran desigualdad en estas materias que no se habían visibilizado. Están produciendo evidencia sólida y fidedigna sobre cuál es la realidad nacional, que luego se puede poner a disposición de las autoridades para enfrentar esta desigualdad”, valoró.

Inequidades de acceso energético y problemas de salud asociados

Datos de la Encuesta de Presupuestos Familiares del 2017, indican que un 22,6% de los hogares los ubicados en centros urbanos del país gastan excesivamente en energía y no logran cubrir los gastos básicos con sus ingresos. Por otro lado, un 16,9% gasta muy poco al comparar viviendas del mismo tipo y con la misma cantidad de integrantes. Con la cuarentena, las personas pasan más tiempo en los hogares y, por lo tanto, se usan más los servicios energéticos como agua caliente sanitaria, calefacción y electricidad.

A esta situación, se suma que los gastos asociados al ámbito energético se incrementan y se aumenta la brecha en los costos mensuales por el uso de energía y los ingresos económicos mensuales. Además, con la interrupción de los trabajos de las personas por la cuarentena obligatoria, comienzan a aumentar las situaciones de no pago.

El fundador de EGEA ONG y líder del área de Inclusión Energética en EBP Chile, Rubén Méndez Mardones, explicó cómo se logra la inclusión energética. “Esto se refiere a aquellas acciones orientadas a mejorar el acceso equitativo a servicios energéticos de alta calidad, es decir, que estos sean adecuados, seguros, confiables y no contaminantes. Para esto, es fundamental una estrecha relación entre los actores públicos, privados y la sociedad civil, con el fin de desarrollar iniciativas integrales que respondan a las necesidades de cada contexto territorial”, recalcó.

Con la falta de acceso a servicios energéticos, la población opta por aquellos que contaminan más, pero cuestan menos. Esto produce mayor contaminación intradomiciliaria, aumentando la incidencia de enfermedades respiratorias y cardiovasculares. Para los grupos de riesgo como personas con enfermedades crónicas, embarazadas y adultos mayores, esta situación puede complicar los cuadros de enfermedades.

La académica de la Facultad de Medicina e integrante de la RedPE, Macarena Valdés, se refirió a los problemas que trae el invierno. “La actual pandemia representa un desafío para las comunas del centro y sur del país, pues son las que demandan mayor combustible para calefaccionar los hogares en las estaciones frías. Las medidas de confinamiento en el hogar, la restricción de la actividad productiva y el cierre de colegios ha disminuido la contaminación del aire. No obstante, esta situación puede cambiar dramáticamente con la baja de las temperaturas y la necesidad de calefaccionarse, tal como ocurrió en Inglaterra, donde el consumo de energía para calefacción del hogar aumentó durante la cuarentena”, detalló.

Brecha de género: la desigualdad aumenta para las mujeres

La crisis complejiza y amplifica las desigualdades estructurales de género. En el contexto de confinamiento, las mujeres han sido las más afectadas con el aumento en la carga de trabajo doméstico no remunerado que realizan, como el cuidado de familiares y las labores educativas, sumando en algunos casos sus propias responsabilidades con el teletrabajo.

La consultora en desarrollo sostenible e igualdad de género de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), Marina Casas, señaló que la cobertura limitada y desigual de los sistemas de salud está afectando a las mujeres. “Sabemos que nosotras estamos siendo las frontliners de toda esta crisis. Se está profundizando la crisis de los cuidados que ya existía. En la región, las mujeres realizan entre 22 y 42 horas semanales de trabajo doméstico no remunerado. Esta injusta organización social persiste e impacta en mayor medida en los hogares de menos ingresos”, subrayó.

Finalmente, Casas explicó que el acceso, consumo y distribución de la energía también es distinto para hombres y mujeres. “Pequeñas cantidades de electricidad para iluminar un hogar durante el atardecer pueden mejorar la calidad de vida de los miembros de la familia, al permitirles leer o calentar el hogar. Sin embargo, para otras personas esto puede suponer una carga de trabajo. Hay literatura que señala que son siempre los hombres y los niños quienes se benefician más de estas ganancias, mientras que las mujeres usualmente se otorgan la carga de extensión del día de trabajo no remunerado”, concluyó.

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