La flora y fauna después del incendio: El desafío de la restauración ecológica (El Heraldo)

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Cercada por el fuego. Así estaba la lagartija de Lolol (Liolaemus confusus) el 25 de enero pasado.

La especie, única en el mundo y que habita sólo en la cima de dos cerros de la Región de O’Higgins, estaba atrapada y la inminente llegada de las llamas a su hábitat significaba que el riesgo de que desapareciera para siempre fuera inminente. Diego Ramírez, médico veterinario y coordinador de la unidad de Vida Silvestre del SAG en esa región, lo tenía más que claro: “Es una especie que sólo vive aquí, y en cuanto se declaró Zona de Catástrofe supe que era urgente rescatarla.

El cerro El Roble se estaba quemando por tres frentes y si no reaccionábamos la íbamos a perder, porque su otro hábitat, el cerro Nerquihue, ya había sido completamente arrasado por los incendios”. Con la angustia de saber que quedaba poco tiempo, diseñó un plan de rescate junto al Colegio Médico Veterinario y diez voluntarios. Apoyado por la Conaf, el Ejército y Carabineros, salvaron a 20 ejemplares –10 hembras y 10 machos–, la población mínima necesaria para conservar la especie sin que se generen problemas genéticos.

“Fue una misión riesgosa. Tuvimos que considerar todas las medidas de seguridad en caso de que quedáramos nosotros atrapados, pero fue una maniobra exitosa”, explica Ramírez, que luego de proteger a las lagartijas bajo condiciones especiales y asegurarse de que el cerro estaba fuera de peligro de incendios, el miércoles las vio regresar a su hogar. El final feliz que tuvo este pequeño lagarto, sin embargo, no es el mismo que podrían tener las miles de especies que componen la flora y fauna de las regiones que han estado ardiendo por los incendios forestales. Zorros, quiques, serpientes, pudúes, el gato colo colo, el gato güiña y algunas aves han sufrido con fuerza la inclemencia del fuego. También, y aún más grave, especies en peligro de extinción, marsupiales como el monito del monte, diversos anfibios y reptiles.

“Hay muchas víctimas silenciosas. En incendios de esta magnitud, la mayor parte de la fauna nativa se quema inmediatamente, porque la mayor cantidad de especies son de baja movilidad. Y esos ya los perdimos”, explica Alejandra Montalba, directora del Zoológico Nacional, que junto al SAG y al Ministerio del Medio Ambiente lideran el rescate de especies en las zonas afectadas. “Siendo franco, es muy poca la fauna que lograremos rescatar de esta catástrofe”, dice Mauricio Fabry, director del Parque Metropolitano de Santiago. Y eso es sólo el impacto en la fauna. Porque la flora, que es lo primero que se ve arder y que es el hábitat de esos animales, está igual o peor. De las más de 550 mil hectáreas quemadas durante esta temporada (desde julio de 2016), casi 90 mil corresponden a bosques nativos, lo que se traduce en que, por ejemplo, las dos especies que conforman la base del bosque maulino estén en extremo peligro. “Los incendios han aumentado la amenaza para especies como el Ruil y el Queule.

En el caso del primero –que incluso forma parte del escudo de la región–, se estima que más del 50% de las 300 hectáreas que existen de este tipo de roble se han quemado”, afirma el ingeniero forestal Antonio Lara, profesor titular de la Universidad Austral de Chile e investigador principal del Centro de Ciencia del Clima y Resiliencia (CR)2. Un golpe que resiente toda la biodiversidad de la zona centro-sur del país, una de las más ricas del mundo. Porque se trata de un lugar privilegiado en el planeta: uno de los cinco ecosistemas mediterráneos existentes y uno de los 34 hotspot que hay a nivel global, puntos prioritarios de conservación por su alta diversidad y estado de riesgo.

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