Recuperar la Reserva China Muerta tardará entre unos 300 y 400 años (El Mercurio)

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(El Mercurio, 12 de abril de 2015) Sin intervención humana, la flora y el ecosistema se asemejarían a los que existían no antes de tres siglos. Con un plan de reforestación, una araucaria plantada sería visible solo tras varias generaciones.

Por Nicolás Gutiérrez y Óscar Riquelme

El camino que la atraviesa es gris y polvoriento. Árboles de una decena de metros de altura están en pie, con sus troncos ennegrecidos y sin un solo arbusto a su lado. Donde hubo verde hasta este verano, ahora la ceniza aparece esparcida a montones.

Así luce el 40% de la Reserva Nacional China Muerta, ubicada entre las comunas de Lonquimay y Melipeuco. El 14 de marzo pasado se desató un incendio -según la investigación que lleva la fiscalía, hubo intervención humana, a lo menos, negligente- en la ladera del cerro Allilonco, al interior de un predio particular.

El siniestro, junto con avanzar rápidamente hacia terrenos vecinos, llegó hasta China Muerta, donde destruyó especies nativas como araucarias, cipreses, coigües y lengas, hábitat de pudúes, pumas y monitos del monte. Incluso se extendió hasta el Parque Nacional Conguillío, donde alcanzó a destruir 69 hectáreas.

La cuantificación del daño se iniciará recién a fin de mes, cuando se termine de trabajar en los focos activos. Pero solo en el caso de una araucaria, árbol sagrado de la cultura pehuenche, había ejemplares de mil a 2 mil años.

“Si un bosque antiguo o adulto de araucarias se quema y mueren los individuos, la recuperación desde un inicio va a ser más lenta para tener un bosque de las características y magnificencia que tenía”, dice Mauro González, académico de la U. Austral. En el caso de bosques afectados con menos severidad, el camino “rápido” sería de, al menos, 300 años para lucir como antes.

“Cuando hablamos de rapidez tenemos que entender que no es la rapidez desde el punto de vista del ser humano”, advierte González.

Rodrigo Catalán, ingeniero forestal de World Wide Found for Nature (WWF), afirma que “se ha estudiado que en los últimos siglos los bosques de araucarias han estado expuestos al fuego y que han generado resiliencia ante estos eventos”. De ahí el grosor y contextura del tronco de las araucarias.

Así, existe la posibilidad de que parte del bosque dentro del perímetro que Conaf considera como área afectada esté vivo. En el caso de las araucarias, si es que el fuego no afectó a su copa.
Conaf ya trabaja en el plan de recuperación de la reserva, que buscará en un inicio restablecer el verde del suelo.

El director regional de esta entidad, Alfredo Mascareño, asegura que “es un proceso en el que se trabajará muy de cerca con las comunidades pehuenches. Hay que dialogar con ellos, pero se pueden establecer iniciativas que ya han funcionado en otras zonas, como que ellos construyan viveros en sus terrenos donde planten las especies que van a ir reforestando las zonas dañadas”.

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