“Resiliencia al Cambio Climático: una cuestión de actitud política” por Maisa Rojas

55

Columna publicada en El Mostrador

En torno al cambio climático, hay tres ámbitos que se deben abordar: Mitigación como obligación y urgencia, Adaptación como necesidad y Resiliencia como una oportunidad.

Se requiere de la reducción y posterior eliminación de las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI), para asegurar la estabilización de las temperaturas globales y evitar así los impactos más severos asociados a este calentamiento. Aunque la tarea es grande, porque prácticamente todas las actividades que realizamos los humanos emiten GEI, este aspecto se va a solucionar, gracias a los compromisos adquiridos en el acuerdo de Paris que van en ese camino. Como aproximadamente un 70% de las emisiones globales están asociados al sector energía (generación eléctrica y transporte), la masificación de las energías renovables y autos eléctricos podrá solucionar en gran medida esa parte del problema.

Como el clima ya ha cambiado y seguirá cambiando, aunque eliminemos las emisiones de GEI con la urgencia necesaria, la adaptación es una necesidad inevitable. Dado que los impactos del cambio climático se sienten localmente y son específicos a distintos sectores, la adaptación debe ocurrir localmente. En el caso de Chile, esto significa que los planes de adaptación se deben diseñar con una mirada territorial determinada y por lo tanto requieren de una regionalización efectiva. De esta manera también podrán aportar a la creación de capacidades en esa misma agenda de regionalización.

Pero, en mi opinión, es la resiliencia el aspecto más interesante de abordar porque aquí tenemos la oportunidad de una transformación más profunda de nuestras sociedades. La resiliencia se define como la capacidad de los individuos o comunidades para resistir, absorber, adaptarse y recuperarse frente a perturbaciones en su entorno, siendo un concepto crucial para enfrentar bien un clima que es variable y cambiante. Da la oportunidad de reforzar las comunidades dándoles herramientas para la preservación y mejora de sus condiciones. Es más, puede ser la única manera de solucionar verdaderamente los conflictos socioambientales que hemos visto surgir en todo el territorio, al dar espacio para que las comunidades participen de manera efectiva en las decisiones que afectan el espacio donde viven.

Por ejemplo, las energías renovables no convencionales (ERNC), son por definición descentralizadas y pueden proveer soluciones a zonas alejadas sin tener que esperar a los grandes proyectos y las líneas de transmisión, generando un menor impacto en los territorios. Es en este caso donde podríamos construir resiliencia y para esto se requiere de una institucionalidad flexible, con participación efectiva y vinculante de todas las partes, para así generar confianza de los resultados de esa participación.

En el último tiempo en Chile hemos celebrado el enorme desarrollo de las ERNC, en particular la solar, pero ¿habremos realmente aprovechado todo su potencial si los grandes proyectos los construyen empresas extranjeras, si importamos la tecnología y los ingenieros?

Para que la energía solar, y el litio, por ejemplo, no se conviertan en un salitre 3.0, debemos aprovechar la mayor lección de la crisis del cambio climático: somos parte de un planeta dinámico, donde los ciclos son fundamentales para mantener la vida, y por lo mismo necesitamos re-construir la manera que consumimos, trabajamos y vivimos nuestras vidas.

Leer en El Mostrador

Compartir