Susana Ferreira: “El cambio climático es un gigantesco fallo de mercado”

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Por Fernanda Quiroz

  • En el marco de la sexta Escuela de Verano del Centro de Ciencia del Clima y la Resiliencia (CR2), la académica del Departamento de Economía Agraria y Aplicada de la Universidad de Georgia en Estados Unidos, Susana Ferreira, abordó el impacto y la relación del cambio climático con la economía.

El cambio climático ha dejado de ser una preocupación exclusiva de los laboratorios científicos para convertirse en el desafío estructural más grande de la economía moderna. Lo que antes se veía como una «externalidad», es decir, un costo ajeno al balance de las empresa, hoy es una fuerza que destruye infraestructuras, altera la productividad laboral y pone en jaque el Producto Interno Bruto (PIB) de naciones enteras.

Susana Ferreira es economista ambiental y de recursos naturales. Su investigación y docencia se centran en las intersecciones entre la economía, salud y medio ambiente, abarcando la economía ambiental, recursos naturales y desarrollo. 

La investigadora busca comprender las causas económicas del cambio climático y su impacto en el bienestar humano, con un profundo interés en la valoración de los servicios ambientales y las externalidades que no se valoran a través de los mercados.

Durante su clase en la Escuela de Verano CR2 se refirió a los impactos económicos de los desastres provocados por fenómenos meteorológicos y climáticos extremos, con el fin de extraer lecciones sobre cómo las sociedades pueden gestionar mejor estos riesgos. 

Sus líneas de investigación analizan cómo los cambios ambientales afectan al bienestar humano, los vínculos entre crecimiento económico, salud y sostenibilidad, la valoración económica de servicios ecosistémicos, además del impacto de desastres socionaturales, sus causas y efectos económicos.

“Cuando compro carne de vacuno no pago por las emisiones de metano, y así con los precios de otros productos intensivos en gases de efecto invernadero (GEI), que son ineficientemente bajos. Estos precios no incluyen el costo social de las emisiones y los impactos que, a través del cambio climático, tienen en nuestro bienestar por ejemplo, mediante cambios en la productividad agrícola, en la salud humana, en los ecosistemas o en los daños causados por inundaciones y eventos climáticos extremos”, explicó Susana Ferreira. 

En tanto, la ciencia es clara y el calentamiento global es el resultado de un modelo económico que incentiva las emisiones de GEI por encima de la capacidad de absorción del planeta. “Como un coche aparcado al sol con las ventanillas subidas, la Tierra atrapa el calor debido a la acumulación de dióxido de carbono, metano y óxido nitroso”, ejemplificó la especialista. 

Precios versus el costo social del calentamiento global 

“El problema radica en que los precios de mercado están mal alineados, es decir, no se está pagando por el metano emitido, ni por los daños de las futuras inundaciones. Estos precios ineficientemente bajos ignoran el costo social. El cambio climático es, por tanto, un gigantesco fallo de mercado”, aseguró. 

En efecto, entre 1980 y 2024, los desastres climáticos (sequías, inundaciones, ciclones) se cobraron más de 1.7 millones de vidas y causaron daños económicos superiores a los 5.3 trillones de dólares. Desde 2010, los daños anuales han excedido los 100 billones de dólares cada año de forma sostenida.

“El consenso entre expertos es que estos fenómenos reducen el PIB y frenan el crecimiento, golpeando mayormente a los países más pobres, que tienen mayor vulnerabilidad y menor capacidad de adaptación. Sin embargo, el PIB es una métrica engañosa: solo mide el flujo de bienes, pero no captura la pérdida de capital natural ni el trauma humano”, detalla Susana Ferreira. 

América Latina y sus múltiples riesgos 

Con una economía dependiente de los recursos naturales y profundas desigualdades, los impactos económicos asociados al cambio climático en América Latina son devastadores, especifica la académica. 

Algunas de las situación que agudizan esta situación son: 

  • El círculo vicioso de la energía: Las sequías en Brasil o el Cono Sur no solo golpean a la industria agrícola, sino que también reducen la energía hidroeléctrica, obligando a usar plantas térmicas de combustibles fósiles que contaminan más, agravando el problema original.
  • Deforestación y ganadería: A diferencia de otras regiones, gran parte de las emisiones latinoamericanas provienen de la quema de bosques para la producción de soja y carne.
  • Ecosistemas críticos: La Amazonía, que históricamente ha sido un sumidero de carbono, corre el riesgo de convertirse en un emisor neto, mientras que el retroceso de los glaciares andinos amenaza la disponibilidad de agua para millones.

Según Susana Ferreira, la mitigación (reducción de emisiones) es vital, pero la adaptación es urgente, por lo que el Estado debe proveer bienes públicos como: infraestructura verde, restauración de humedales y parques urbanos que gestionan el agua mejor que el cemento.

También las comunidades deberían contar con sistemas de alerta temprana y ordenamiento territorial, con el fin de evitar que las viviendas se ubiquen en zonas de riesgo antes de que ocurra el desastre.

Cambio climático, economía y salud mental

El impacto económico no es solo abstracto. El estrés por la pérdida de cosechas, la destrucción de hogares y el calor extremo impactan directamente en la salud mental. Surge así la ecoansiedad, es decir, el temor crónico al desastre ambiental que afecta la visión de futuro de las nuevas generaciones.

Incluso personas no afectadas directamente por eventos extremos pueden exhibir una respuesta emocional al cambio climático. La Asociación Estadounidense de Psicología definió ecoansiedad en 2017 para referirse “al temor crónico a sufrir un desastre ambiental, y que se produce al observar el impacto aparentemente irrevocable del cambio climático, además de preocuparse por el futuro de uno mismo, de sus hijos, de las generaciones siguientes”.

“En mi propia investigación he reportado que el calor extremo repercute negativamente en la salud mental y que individuos residentes en regiones que experimentan desastres causados por inundaciones, ciclones tropicales y tormentas severas en los Estados Unidos, experimentan una caída en su bienestar subjetivo tras el desastre. Afortunadamente, el efecto para el ciudadano medio no es permanente y se ve mitigado por el acceso a servicios de salud, acceso a liquidez y a pólizas de seguro. También es menor para aquellos que son parte de una red comunitaria fuerte. Hay que notar, sin embargo, que la respuesta de los sistemas de salud suele estar más orientada a la atención física y que el apoyo psicológico específico tras un desastre es inexistente o insuficiente en muchos lugares”, advirtió Susana Ferreira. 

El sector privado como un motor de soluciones 

Desde la inversión en tecnologías resilientes hasta el uso de blended finance (capital mixto), las empresas están descubriendo que la sostenibilidad es la única forma de garantizar sus cadenas de suministro. Al final del día, una gestión ambiental eficiente no solo es justa, sino que es la única estrategia económicamente viable a largo plazo.

Según Susana Ferrerira, un buen comienzo para actuar con mayor conciencia ambiental sería cambiar cómo medimos y reportamos el progreso económico y social,  tanto a nivel de país, como a nivel individual. 

“A nivel macroeconómico, complementando el PIB con otros indicadores que reflejan mejor qué es lo que nos reporta bienestar, la OECD (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos), en su Observatorio de Datos de Bienestar, propone paneles de indicadores que permiten visualizar, resumir y comparar los factores de bienestar más importantes en cada país, incluyendo la salud, el bienestar subjetivo, las relaciones sociales, y la calidad medioambiental. En lugar de evaluar y clasificar a los países en base a su PIB, podríamos hacerlo en base a otros indicadores como la felicidad de sus ciudadanos o en base a su calidad medioambiental”, ejemplificó. 

Asimismo, la especialista planteó que la educación y la comunicación juegan un papel fundamental en la promoción de una mayor conciencia ambiental. “Hay que combatir la idea de que una buena gestión medioambiental está reñida con el crecimiento económico y el bienestar. El desarrollo de las energías renovables también genera ingresos y empleo”, aseguró. 

La Escuela de Verano CR2 se desarrolló durante la primera quincena de 2026 y tuvo como objeto proporcionar herramientas conceptuales y metodológicas para comprender los eventos extremos asociados al cambio climático y sus impactos en territorios y comunidades, promoviendo el análisis de estrategias de adaptación y la construcción de resiliencia.