Eugenia Gayo, académica de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad de Chile, y subdirectora del Centro de Ciencia del Clima y la Resiliencia (CR2)
Los eventos El Niño suelen evaluarse por su intensidad y por las anomalías de temperatura y precipitación que generan. Sin embargo, sus efectos no son uniformes, ya que un mismo episodio puede producir lluvias extremas e inundaciones en algunos territorios, y sequías en otros.
Eso ocurrió durante El Niño de 1877-1878, uno de los grandes eventos del siglo XIX. Iniciado a fines de 1876 y con su máxima intensidad durante el verano de 1877-1878, estuvo asociado a sequías en el Altiplano central y a precipitaciones extraordinarias e inundaciones en el norte de Perú, Chile central y el sudeste de Sudamérica (Aceituno et al., 2009).
Sus impactos fueron mucho más allá de lo meteorológico, pues afectaron la agricultura, la infraestructura, el abastecimiento de alimentos, los precios y la salud de las personas, en sociedades que además atravesaban tensiones económicas y sociales (Aceituno et al., 2009; Camus y Jaksic, 2021).
A casi 150 años, este episodio no sirve para anticipar que la historia se repetirá, sino para plantear una pregunta más práctica: ¿cuánto de los impactos de un evento climático depende de su intensidad y cuánto de las condiciones sociales, territoriales e institucionales sobre las que ocurre?
Un evento, distintas amenazas
No existió una única expresión de El Niño. En la costa norte del Perú predominaron precipitaciones e inundaciones. Durante 1878, los desbordes afectaron la agricultura, destruyeron caminos y ferrocarriles y dejaron a algunas poblaciones sin acceso a agua potable. Cientos de viviendas fueron arrasadas en Lambayeque y la ciudad de Saña fue destruida (Aceituno et al., 2009).
En el Altiplano Boliviano ocurrió lo contrario. Una sequía severa se inició a fines de 1876, la cual produjo daños en cultivos y ganado y generó problemas de abastecimiento. En Puno, hacia fines de 1877, ya había una situación económica crítica y posteriormente se registraron conflictos asociados a la escasez de agua (Aceituno et al., 2009).
Esta heterogeneidad es importante. La magnitud de El Niño a escala del Pacífico no se traduce automáticamente en una magnitud equivalente de impacto en cada territorio. Entre ambas existen condiciones climáticas regionales y, posteriormente, características sociales que modulan sus consecuencias.
Cuando una perturbación climática encuentra una crisis en desarrollo
En Chile, las inundaciones de 1877 no ocurrieron sobre una economía y una agricultura sin problemas previos. El país atravesaba una crisis económica y social, mientras el sector agrícola enfrentaba dificultades relacionadas con plagas, epizootias y transformaciones socioecológicas. En este contexto, las precipitaciones e inundaciones aceleraron y agudizaron una crisis que tenía antecedentes propios (Camus y Jaksic, 2021).
El evento climático no necesita ser el origen de una crisis para modificar su trayectoria. Una inundación puede afectar con mayor fuerza un sistema productivo que ya atraviesa dificultades. Una sequía puede adquirir consecuencias distintas dependiendo de las reservas disponibles, del funcionamiento de los mercados o de la capacidad de mover alimentos y agua desde otras regiones. Los impactos resultan así de la interacción entre procesos climáticos y condiciones sociales que evolucionan en escalas temporales diferentes.
El “desastre” de 1877-1878, por tanto, no comenzó únicamente con las lluvias y las inundaciones. Parte de las condiciones que explican sus consecuencias existían antes de que El Niño alcanzara su máxima intensidad.
De la sequía a una crisis social
La pérdida de cosechas en Bolivia estuvo acompañada por un fuerte incremento del precio de los alimentos. Durante 1878 se registraron saqueos y revueltas en Tarata, Sucre y Cochabamba, mientras que en esta última ciudad la mortalidad aumentó considerablemente debido al hambre y a enfermedades asociadas a la sequía (Aceituno et al., 2009).
Los registros históricos muestran con claridad ese deterioro. El precio de los cereales en Cochabamba aumentó fuertemente entre 1877 y 1878, mientras la mortalidad mensual alcanzó valores muy superiores a los habituales (Aceituno et al., 2009). La crisis alcanzó además las finanzas públicas. La contracción de la actividad económica y la disminución de la contribución indígena redujeron los ingresos fiscales de un Estado que ya arrastraba dificultades fiscales, en un contexto internacional marcado por los efectos de la crisis financiera global de 1873 (Marichal 2023).
Aquí aparece una dimensión menos evidente del riesgo climático. Una perturbación puede comenzar afectando la precipitación y posteriormente propagarse entre sistemas (Figura 1). En esta cascada de impactos, cada transición depende de condiciones que no son climáticas. Por eso, la sequía constituye una parte de la explicación, pero no explica por sí sola el hambre, la mortalidad o la crisis fiscal.
Figura 1. Cascada de impactos asociados a la sequía durante El Niño de 1877-1878 en Bolivia. La reducción de la disponibilidad de agua afectó la producción agrícola y el abastecimiento de alimentos, contribuyendo al aumento de precios y al deterioro de las condiciones sociales y de salud. Estos efectos se propagaron hasta las finanzas públicas, en un contexto económico y fiscal previamente tensionado. La figura ilustra cómo una amenaza climática puede generar impactos encadenados entre distintos sistemas, cuya magnitud depende de las condiciones de vulnerabilidad ya existentes.
¿Y la Guerra del Pacífico?
La secuencia presentada en la Figura 1 adquiere una dimensión adicional al situarla en el escenario previo a la Guerra del Pacífico. En un contexto de dificultades económicas debido, entre otras razones, a terremotos, epidemias y la sequía, Bolivia estableció en 1878 un impuesto sobre las compañías dedicadas a la extracción y exportación de salitre (Donoso-Rojas, 2022). Una de las hipótesis planteadas para este período sugiere que la crisis económica agravada por la sequía asociada al evento El Niño de 1877-1878 habría contribuido a intensificar las presiones fiscales que antecedieron a esa decisión (Aceituno et al., 2009).
Esto no implica atribuir al clima un papel causal directo en el origen del conflicto. La Guerra del Pacífico tuvo antecedentes territoriales, económicos y diplomáticos propios. Sin embargo, el episodio muestra que una amenaza climática puede insertarse en una coyuntura ya tensionada y modificar el margen de acción de los actores sociales y de los Estados. En ese sentido, las condiciones climáticas no explican por sí solas la trayectoria histórica, pero tampoco necesariamente transcurren al margen de ella.
Esta lectura resulta especialmente sugerente al observar conjuntamente las trayectorias de Chile y Bolivia. Ambos países atravesaban dificultades económicas cuando fueron afectados, de manera distinta, por un mismo episodio climático. Poco después, ambos entrarían en un conflicto que transformaría profundamente sus estructuras económicas y territoriales. Más que establecer una relación lineal, el caso invita a considerar cómo los extremos climáticos pueden interactuar con vulnerabilidades preexistentes y contribuir a redefinir coyunturas críticas.
¿Qué significa este episodio para el presente?
Comparar 1877-1878 con un evento El Niño contemporáneo requiere mucha cautela. Hoy existen observaciones, monitoreo, pronósticos, sistemas de alerta, infraestructura y capacidades institucionales que no estaban disponibles a fines del siglo XIX. También han cambiado profundamente las características de las sociedades, la infraestructura urbana y productiva.
Por ello, un evento físicamente intenso no necesariamente producirá consecuencias comparables a las de 1877-1878. Precisamente esa diferencia es la mayor lección del caso histórico. Las condiciones de riesgo no permanecen constantes. Algunas vulnerabilidades pueden disminuir gracias a infraestructura, conocimiento, políticas públicas o mejores capacidades de respuesta. Otras pueden aumentar mediante expansión urbana, degradación ambiental, desigualdades o una mayor dependencia de sistemas interconectados.
Una lección del siglo XIX para el presente
El Niño de 1877-1878 fue un evento climático extraordinario, pero su intensidad no basta para explicar sus consecuencias. Sus impactos surgen de la interacción entre las amenazas climáticas y las condiciones históricas de los territorios. Ese principio continúa siendo relevante frente a El Niño y al cambio climático. Preguntarnos qué tan intenso será un evento sigue siendo fundamental. Pero para comprender sus potenciales impactos debemos enfocarnos en una segunda pregunta: ¿en qué condiciones encontrará a la sociedad cuando ocurra? Y esa pregunta ofrece una perspectiva menos alarmista y, al mismo tiempo, más orientada a la acción. Porque mientras muchas amenazas climáticas no pueden evitarse, las condiciones de exposición, vulnerabilidad y capacidad de respuesta sí pueden transformarse.
Referencias
Aceituno, P., Prieto, M. D. R., Solari, M. E., Martínez, A., Poveda, G., & Falvey, M. (2009). The 1877–1878 el Niño episode: associated impacts in south America. Climatic Change, 92(3), 389-416. https://doi.org/10.1007/s10584-008-9470-5
Camus, P., Jaksic, F. (2021). El fenómeno El Niño, las inundaciones de 1877 y la incorporación del salitre a la soberanía de Chile. HALAC, 11 (3), 259-287. https://doi.org/10.32991/2237-2717.2021v11i3.p259-287
Donoso-Rojas, C. (2022). Compartir las satisfacciones del triunfo o las desventuras de la derrota: Perú y Bolivia en los albores de la guerra del Pacífico (1847-1878). Cuadernos de historia (Santiago), (56), 229-260. http://dx.doi.org/10.5354/0719-1243.2022.67386
Marichal, C. (2023). La crisis global de 1873: consecuencias a corto y mediano plazo en Chile, Argentina y Perú. Boletín del Instituto de Historia Argentina y Americana Dr. Emilio Ravignani, 59, 65-99. https://doi.org/https://doi.org/10.34096/bol.rav.n59.12970
