Opinión: El futuro se decide desde los territorios

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    Por Anita Inguerzon, Macarena Salinas, Gabriel Barrantes, Catalina Moreno, Marco Billi, Daniella Gac y Bernardo Reyes, miembros de la Red por el Agua

    Las problemáticas ambientales muchas veces comienzan de forma silenciosa: cuando un territorio pierde la capacidad de sostener sus formas de vida o cuando el agua deja de llegar de manera segura a las comunidades. En este contexto, el Día Mundial del Medio Ambiente 2026 plantea un desafío especialmente relevante: comprender que la acción climática no se limita a reducir nuestras emisiones de carbono, sino que implica transformar los sistemas que organizan nuestros territorios, y nuestra relación con la naturaleza y con el agua que es vida.
    La cuenca del río Aconcagua representa con claridad esa tensión. Durante años, este territorio ha enfrentado los impactos de la megasequía, la presión sobre los ecosistemas y profundas transformaciones productivas y territoriales. La pérdida de rentabilidad de actividades silvoagropecuarias tradicionales ha impulsado cambios hacia otras actividades económicas, como la expansión fotovoltaica, la migración desde zonas rurales hacia centros urbanos y la necesidad de complementar los ingresos familiares a través de otras actividades económicas. Sin embargo, estos procesos muchas veces ocurren sin una planificación integrada que articule agua, suelo y desarrollo territorial.
    El problema no es solamente la escasez hídrica, sino que también la forma en que se toman las decisiones sobre el territorio. Cuando hay menos agua en el río, se agudizan desigualdades que llevan décadas acumulándose: comunidades rurales que dependen de camiones aljibe, pequeños agricultores que no logran sostener sus actividades, organizaciones comunitarias que operan con capacidades limitadas y una menor representatividad en la toma de decisiones frente a desafíos cada vez más complejos. Es en este escenario que queda en evidencia que los problemas hídricos no responden únicamente a la disponibilidad física de agua, sino también a la forma en que esta se distribuye, gestiona y gobierna.
    En la cuenca del río Aconcagua, distintos actores del territorio han advertido que muchas de las respuestas frente al cambio climático continúan funcionando bajo lógicas fragmentadas y de corto plazo. Persisten soluciones aisladas, medidas reactivas y espacios de coordinación con escasa capacidad resolutiva. Al mismo tiempo, algunas iniciativas impulsadas en nombre de la adaptación pueden terminar profundizando desigualdades o generando nuevos conflictos cuando no consideran el conocimiento y las realidades territoriales; así como las distintas capacidades de los actores para adaptarse. Estas reflexiones y aprendizajes fueron sistematizados recientemente en el documento con recomendaciones para la política pública de la Red por el Agua “Gobernanza hídrica en la cuenca del río Aconcagua frente al cambio climático”.
    Por lo anterior, hablar de acción climática implica necesariamente hablar de transformación. Pero transformar no significa solamente incorporar nuevas tecnologías o construir infraestructura, también significa fortalecer la gobernanza del agua a escala de cuenca, integrar conocimiento científico y territorial, mejorar la coordinación entre instituciones y construir mecanismos de participación más vinculantes y representativos. Al mismo tiempo, representa el conocimiento profundo del territorio, bajo una visión vinculante del agua en todo su cauce, como un elemento de base y unión en lo económico, social, cultural y ecosistémico fundamental de nuestros valles.
    Desde esa convicción, la Red por el Agua trabaja junto a actores de la academia, organizaciones de la sociedad civil, instituciones públicas y actores privados para generar conocimiento colectivo, fomentar el diálogo territorial y co-crear estrategias de adaptación frente a la crisis hídrica. Junto con ello, las organizaciones y actores que forman parte de la Red impulsan diversas acciones locales y comunitarias, como actividades de educación ambiental, jornadas de limpieza de ríos, restauración de ecosistemas y espacios de encuentro territorial. Estas experiencias permiten fortalecer el vínculo entre las comunidades y sus territorios, promoviendo pertenencia, colaboración, conciencia ambiental y capacidades colectivas para enfrentar la crisis climática. Porque la adaptación también se construye desde las prácticas cotidianas que permiten volver a mirar el río no solo como un recurso económico, sino como un bien común, siendo parte de un socioecosistema.
    En este Día Mundial del Medio Ambiente, el desafío no es solo proteger la naturaleza como si fuera algo externo a nuestras sociedades. El desafío es transformar las maneras en que habitamos, producimos y gobernamos nuestros territorios. Porque enfrentar la crisis climática implica decidir qué perspectivas nos depara el futuro y cuál de ellas optamos por dejar como herencia a las generaciones venideras, lo que nos lleva a cuestionarnos qué tipo de desarrollo queremos sostener y qué territorios estamos construyendo hoy para el futuro.