Niños que no han visto llover (Pousta)

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Los habitantes de El Melón sufren cortes de agua sin que les avisen y la que sale por el grifo es de color café. Las montañas sin vegetación son amarillentas, con los suelos llenos de grietas por la sequía. Y nunca llueve torrencialmente. Sin embargo, el contraste es brutal si alguien mira hacia el tranque de relave minero El Torito, rebosante de este elemento vital. Aquí el relato de tres menores de edad que han experimentado los padecimientos del estrés hídrico y la desigualdad desde que tienen memoria. “Estoy preocupado porque nos vamos a morir si se acaba el agua”, dice Clemente hoy a sus diez años.

Por Juan Cruz Giraldo y Nicolás Urquiza Zurich – Fotos por Cecilia Díaz

Clemente (10) vive en El Melón, comuna de Nogales, y  al menos una vez a la semana junta agua con su mamá, la hierven y se lavan con un tarro.  “El verano pasado nos tuvimos que bañar con baldes”, recuerda.  Ya no bebe directamente de la llave porque dice que queda con una sensación rasposa en la garganta. “Nos dimos cuenta de que estaba saliendo con tierra, era de color café”. En toda su vida, nunca ha visto una lluvia intensa, sólo ha sido testigo de un par de gotas que no alcanzan a formar un charco antes de evaporarse. A 20 metros de su casa hay una planta de aguas servidas que intoxica el sector con mal olor. Dice que ni los perros quieren estar afuera.

La vegetación que rodea su casa es nula, hay árboles secos, la tierra está resquebrajada por la falta de agua y como si fuera poco, las personas han utilizado el predio como un vertedero de basura: mientras hablaba con nosotros nos señalaba botellas de plástico, cartones y latas. “Es horrible como tienen acá”, exclama.

Clemente (10) está preocupado: “Nos vamos a morir si se acaba el agua”, dice.

Cuenta que siempre que puede va junto a su mamá, su papá y su hermano menor en busca de pozas a la zona cordillerana de El Melón. En uno de sus viajes, encontró una no muy profunda y casi vacía: se agachó y pudo sentir el agua hasta las rodillas. “Cada vez tenemos que ir más alto para encontrar aunque sea un charquito”, asegura antes de quedar en silencio por un rato mirando los cerros, y dice que le encantaría que el agua fuera como la ve en las películas de Disney Lilo y Stitch o Buscando a Nemo.

La vegetación que rodea su casa es nula, hay árboles secos, la tierra está resquebrajada y como si fuera poco, las personas han utilizado el predio como un vertedero.

 

Y el futuro, según datos de la Empresa Sanitaria de Valparaíso, Aconcagua y Litoral (ESVAL), no es muy esperanzador: la temporada finalizó con un déficit promedio del 70% de agua caída en relación al año anterior. Sin embargo, la responsabilidad no recae sólo en la crisis climática.  “Los principales factores que influyen en la crisis actual son la sequía y la distribución del agua. Este último aspecto es el responsable en gran parte de las problemáticas que viven las personas y sus territorios: ecosistemas con alta fragilidad”, agrega Ariel Muñoz, investigador del Centro de Ciencia del Clima y la Resiliencia (CR)2 y académico del Instituto de Geografía de la Universidad Católica de Valparaíso (PUCV).

La vista que tiene Clemente de lo que solía ser un estero en El Melón. Hoy completamente seco.

Desde la casa de Clemente, él mira el tranque de relaves El Torito de la mina El Soldado, propiedad de Anglo American Sur, rebosante de agua. “Es injusto porque todos somos iguales”, declara, “Una minera debería recibir la misma cantidad de agua que uno”.

“Aquí hay un desafío que no ha sido satisfecho por el Estado”, sostiene la Defensora de la Niñez, Patricia Muñoz, “el medio ambiente es un elemento esencial para la vida y por lo tanto desde ahí obviamente se erige como un Derecho Humano fundamental para el desarrollo armonioso e integral de todos los niños, niñas y adolescentes (NNA) que viven en Chile”.

La defensora sostiene que hemos fallado como sociedad: “Esta demanda debe ser cumplida con sentido de urgencia porque los NNA no sólo son el futuro, sino que también son el presente y hoy merecen que su derecho a vivir en un medio ambiente libre de contaminación esté asegurado”.

Según datos de la Dirección General de Aguas (DGA), para finales de 2020 Anglo American contaba con el 13% del total de los derechos de agua concedidos en la zona, equivalente a 411 litros por segundo. Y a partir de los datos disponibles en su última Resolución de Calificación Ambiental, El Soldado utiliza un caudal aproximado de 109 l/s de manera continua durante el día.

INFANCIA A SECAS 

Samara (8) va en segundo básico y vive junto a sus papás, sus dos abuelos y su hermano menor en El Melón. Dice que cuando ve en las series y películas personas usando piscinas, siente que “se están gastando el agua en puras tonterías”. Su jardín está seco: hay sólo hierba quemada por el Sol y sin vida por falta de riego.  Ella desea vivir en un lugar “con mucho pasto bonito”.

El último sueño que recuerda Samara era uno donde ella estaba feliz nadando en una piscina llena de “mucha agua limpia”. Para ella tener este tipo de imágenes mientras duerme es algo de casi todos los días. Y cuando su mamá, Carla Alcagaya, le cuenta historias de la época en que los esteros no estaban secos y podía ir a bañarse con sus amigos, ella dice que le encantaría poder hacerlo. Samara tampoco ha visto llover.

Samara (8) dice que cuando ve piscinas en las películas cree que la gente gasta el agua en tonterías.

La mamá comenta que, además, viven con el miedo de que el tranque colapse ante algún sismo, tal como ocurrió con otro depósito de desechos mineros de la zona hace 56 años en el denominado “Desastre del 65”.

El 28 de marzo de aquel año un sismo de 7.6 grados en la escala de Richter provocó la inundación de la población El Cobre, antiguo nombre del sector, bajo una gran ola de desechos mineros.

Las personas que vivieron el suceso y que aún viven en la localidad recuerdan que el material arrastró sus casas, sus animales y toda la vegetación a su paso. Distintos medios de la época hablan de al menos 200 muertos y La Estrella de Valparaíso publicó que incluso habían más de 350 fallecidos. “Siempre que miramos el relave o cuando escuchamos las tronaduras de la minera estamos pendientes por lo que vivieron nuestros antepasados”, explica Carla.

Y su miedo no es injustificado. En 2013 el Servicio Nacional de Geología y Minería (Sernageomin) multó a Anglo American por más de $5 millones por tener seis deficiencias vinculadas a fallas en la construcción del muro del tranque y sus arenas de contención.

Desde entonces tuvieron que aplicar un plan de emergencia antes eventos naturales adversos que pudiesen afectar la estabilidad del tranque. Según los datos del Plan de Coordinación ante Emergencias del tranque de relaves El Torito de la minera, solo tomaría unas horas para que casi la totalidad de El Melón quede sepultado si ocurre una “falla del muro”.

A Samara no le cuentan esta parte de la historia para no sumarle más preocupaciones. Para Jorge Gaete, psiquiatra e investigador del Núcleo Milenio para Mejorar la Salud Mental de Adolescentes y Jóvenes (IMHAY), es alarmante que NNA tenga este tipo de ansiedades a tan temprana edad. “Los menores tienen un cerebro que, para algunos aspectos emocionales, aún no se ha desarrollado, entonces no pueden controlar o regular adecuadamente esas emociones y en ese sentido puede provocar mayores efectos adversos en el futuro”, advierte.

Tras un fallo emitido por la Corte Suprema a inicios de este año, la responsabilidad de asegurar el acceso a 100 litros diarios por cada habitante de la comuna recayó completamente en la Municipalidad de Nogales. Sin embargo, desde el municipio solo tienen contabilizados los litros entregados a las personas de la zona urbana y aseguran que los que no tienen agua son abastecidas por camiones aljibe y los sistemas de Agua Potable Rural (APR).

La mayoría de los casi 3 mil vecinos del sector rural de Nogales, está conectada a un APR, que funciona gracias a los habitantes que se encargan de su abastecimiento. Por su parte, la Municipalidad de Nogales solo se responsabiliza del agua en la zona urbana de la comuna y también “reparte agua los días sábados con dos camiones aljibe a 50 vecinos del sector rural de Nogales y El Melón”, según informan.

POUSTA habló con la alcaldía para averiguar de qué forma están cumpliendo el dictamen y cómo aseguran la entrega del recurso vital para las personas de los sectores rurales. Desde la entidad sostuvieron que no tienen las cifras exactas de cuántos litros reciben en aquel sector, pero que, sin tener datos concretos que lo demuestren, aseguran que los APR entregan un monto superior a lo dictaminado por la Corte Suprema. Esta declaración se contradice con lo vivido por Clemente, Samara y otras decenas de NNA de la zona.

 

SUEÑOS DRENADOS

En la casa de Patricio (17)  viven cinco personas: su mamá, su papá, sus dos hermanos y él. La vivienda está ubicada muy cerca de El Torito y cuando la minera hace tronaduras para extraer los minerales, “la casa se levanta”, cuenta. Tal como le sucede a Clemente y Samara, también tienen que comprar agua embotellada porque la de la llave “tiene un sabor a tierra y deja un amargor en la lengua”. En su caso llegan a comprar hasta ocho bidones de 25 litros al mes, y en verano puede ser una cifra mayor, lo que se traduce en al menos 20 mil pesos mensuales.

Desde que es pequeño está al tanto de la escasez hídrica y ha participado en la lucha por el agua que los habitantes de El Melón llevan desde 2015 contra Anglo American, después de bloquear una de las entradas a la mina El Soldado mediante una manifestación. Su padre, Jorge Ramírez, históricamente ha estado sumergido en esta batalla a través del Grupo Ambientalista El Melón, donde envían sus reparaciones ante los proyectos presentados por la minera.

Patricio (17) quería convertirse en agrónomo pero piensa que ya no tiene sentido.

 

Para el joven, las autoridades los dejaron de lado. “Siempre hablan de los derechos de los niños, como no ser maltratados y tener educación, pero no mencionan mucho el tema del derecho al agua pura y al aire limpio”.  Patricio tenía 5 años la última vez que se sumergió en una poza en El Melón.

Cerca de la casa de Patricio (17) solía correr agua por esta planicie que hoy está seca.

Desde que era pequeño Patricio soñaba con convertirse en agrónomo, pero actualmente piensa que no tiene sentido.  “En vista de que cada vez va quedando menos agricultura y ya no se puede tener árboles, cambié la visión”, comenta entristecido. Ahora quiere convertirse en mecánico automotriz.

Samara dice que a ella le gustaría crecer y convertirse en dueña de El Soldado y el tranque El Torito. “Lo haría para compartir el agua que tenga con los demás, no por el dinero, sino que por las personas”, sostiene.

El futuro de Clemente, al menos el que imagina, está en El Melón. Dice que quiere ser abogado para convertirse en juez, una especie de “premio doble”, explica. “Lo quiero hacer para cuidar el agua y defender sus derechos”, dice pensativo antes de quedarse en silencio. “Estoy preocupado porque, imagínate, si se sigue malgastando el agua nos vamos a morir”, exclama enojado, “Es fuerte la palabra, pero nos vamos a morir porque necesitamos el agua para poder vivir”.

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