«¿Y si la respuesta fuera el populismo?» por Marco Billi y Julio Labraña (La Tercera)

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    Con los avances de una lógica política populista que se ven ya por doquier, cabe preguntarse si ese es el futuro que le espera antes o después a toda democracia. La pregunta no es baladí: ya a fines de los 2000 Margaret Canovan postulaba que el populismo no era otra cosa que el ‘espectro’ de la democracia. La democracia tiene en su seno un impetu emancipatorio, una promesa de empoderamiento de las masas y de progreso de los fines de todos, que sin embargo en la realidad de la realpolitik chocan estrepitósamente con la complejidad del mundo: con los saberes técnicos requeridos para enfrentar la creciente complejidad de los problemas, con los lentos engranajes de la burocracia que administran la complejidad de la gobernanza, y con las lentas y anticlimáticas negociaciones requeridas para mediar entre la complejidad de posiciones y dinámicas de poder, propias de la lógica de la democracia occidental partidista.

    En este escenario, se abre la oportunidad para liderazgos fuertes que retoman como una bandera esas promesas anticipatorias enmarcándolas alrededor de una ideología tan delgada como poderosa: devolver la democracia, el poder del pueblo, al pueblo, en ‘contra’ de aquellos —burócratas, expertos, poderes fácticos— que se la han arrebatado. El populismo es la promesa de la democracia vuelta contra las posibilidades efectivas de este régimen.

    El último caso de esta lógica es el triunfo electoral de Milei en Argentina. El ahora presidente electo representa un ejemplo claro de cómo la retórica populista puede capturar el descontento general y canalizarlo hacia una victoria electoral. Milei ha prometido enfrentar los problemas estructurales de Argentina con un enfoque directo, una propuesta que resuena en un electorado ya cansado de respuestas políticas mucho más ambigüas.

    Esta opción bien puede parecer atractiva. A fin de cuentas, quién podría no escoger a quien promete una rápida solución, identifica claramente los responsables y formula sin ambigüedades cuáles son las medidas necesarias para resolverlo. La seguridad es siempre un argumento que se justifica a sí mismo. En este sentido, el populismo puede ofrecer esperanzas en un escenario de problemas complejos. ¿Quizás sea eso entonces que nos depara el futuro? ¿Hemos de hipotecar los ideales de igualdad, ilustración y sostenibilidad en el altar de la estabilidad, la inmediatez y la simplicidad?

    Y, sin embargo, los populismos convertidos en gobiernos nos han demostrado —paradójicamente— la complejidad de la política, ya que de inmediato tras asumir el cargo los populistas revelan las limitaciones de sus promesas. Las soluciones simplistas se enfrentan a la dura realidad de los equilibrios económicos, sociales y políticos —y ambientales— que rigen nuestras sociedades. Esta confrontación entre retórica y realidad pone de manifiesto los retos de toda gobernanza.

    La política es un tema complejo. Esto se sabe desde antiguo, y es precisamente esta complejidad la que el populismo, casi por razones estructurales, se ve forzado a eludir. Y así, nos quedamos con el desafío: ignorar el fenómeno populista ya no es posible, esconderlo debajo de una alfombra ya no viene al caso. Pero abrazarlo como salvación de la política, además de ser tremendamente peligroso y potencialmente auto-destructivo, tampoco parece ofrecer una respuesta estable a los problemas de lentitud burocrática, inaccesibilidad de la política al público, o degradación de calidad de las propuestas de la democracia moderna. Quizás entonces el camino sea buscar formas creativas para reencantar las masas con la política, para reconciliar lo largoplacista y lo complejo con lo inmediato y asequible. La democracia, lo sabemos, es un trabajo siempre incompleto, combinación perfecta de esperanza y resignación. Esto no debiese ser excusa para sus fracasos, pero sí esperanza y motivación para su perfectibilidad, considerando la naturaleza de los problemas que hoy enfrentamos.

    Por: Marco Billi, Universidad de Chile y Julio Labraña, Universidad de Tarapacá. | Leer en La Tercera.